Stupidity Without Borders

Los blancos son sus propios enemigos.

Queridos amigos de la Ciudad de la Esperanza, regresé más pronto de lo que esperaba únicamente para relatarles todo el sufrimiento del cual fui víctima durante tres semanas. Uno cree que pagar el boleto es lo más difícil, pero como quieran verlo, todos podemos dejar de tragar de vez en cuando. Yo, por ejemplo, dejé de hacerlo a los 10 años. O sea.

Retomando el tema del post anterior. Resulta que, como parte de uno de los cursos, McGill nos mandó a Singapur para quesque conocer cómo se hacen los negocios en otras partes del mundo. Ahora, permítanme externar mi ignorante opinión al respecto, pero si realmente quisiéramos ver cómo se hacen los negocios en otra parte del mundo, no deberían de habernos llevado a un lugar, tipo, más diferente a Canadá? Porque seamos francos, en Singapur lo único de diferente que hay a Canadá es que hay un titipuchal de chinos por todos lados, y en Vancouver es prácticamente la misma situación. Pero bueno, asumamos que los organizadores de este viaje tienen puta idea de lo que está pasando.

Entonces Radhika, Bryan y yo decidimos volar juntos porque si íbamos a pasar 28 horas viajando, al menos podríamos hacerlo cagados de risa y/o pisteando. Y así llegamos al hostal en un lugar súper rascuacho donde ya nos esperaba Bengisu. Todo iba bien hasta que la gente de mi programa empezó a llegar al mismo hostal que nosotros. Yo me morí un poquito. De que uno no sabe lo que tiene hasta que llega un pendejo a arruinárselo. Neta.

Las siguientes dos semanas fueron una versión condensada de lo que viví por los primeros cuatro meses aquí. Nada más que tipo más horrible y así, porque claramente antes al menos tenía esperanza para tolerar a tanto bruto pues esperaba que todo fuese una mala fase. Ahora que ya sé que la mala fase va a durar de aquí hasta que San Pedro los llame a su lado, pues ya no me es tan fácil.

Entonces teníamos presentaciones, reuniones, eventos, trabajos, y su puta madre, desde las 07h hasta la cena, y después teníamos que irnos de pedos a algún lado porque yolo. Y como además tenía muchos traumas que ahogar, pues con más ganas.

Y es que deben de saber que Singapur está más húmedo que mi tanga cuando veo a Matt Bomer en Magic Mike. Tipo de que nadie ahí usa traje o corbata porque si lo hicieran, prácticamente se mueren. Ajá, pero claramente los coordinadores del viaje están bien babosos y nos obligaron a nosotros a usarlos porque teníamos que dar una apariencia profesional. Triggered.

O sea, tipo de que seguramente nos veíamos súper profesionales empapados de sudor y así. Claramente. Pero lo más rudo de todo esto no era cómo nos veíamos, sino cómo olíamos. Bueno, cómo olían, más bien, porque yo estaba inmaculado.

Con 15 indios en el programa – tipo de la India, no de Tlalnepantla – ese salón parecía Auschwitz. Ya estaba teniendo una crisis de identidad durísima ahí. Am I Anne Frank? Is this my life? Am I being gassed?

Lo más jodido es que además de todo, no podíamos ni meternos a la alberca porque todos los pinches días llovió como en el Gran Diluvio. Literal. O sea, eran tormentas eléctricas de todo el día, todos los días. Entonces el ambiente nada más se hacía más húmedo pero sin oportunidad de poder hacer nada para mejorarlo. Ya tan jodido estaba todo eso que mejor terminaba yéndome al spa a “nadar” en el jacuzzi.

Entre las múltiples pedas y demás infamia, me reuní con Denysse después de seis años de no verla. Creo que jamás hablé de ella, o tal vez sí pero no me acuerdo, pero era una compañera de peda de esas épocas en las que me juraba regio. Por supuesto que jamás pensé que fuéramos grandes amigos ni mucho menos, pero la niña toda mona se ofreció a sacarme y, pues, yo con mucho gusto acepté.

El único pedo de todo esto es que decidí ir con mis amigos a cenar con ella. Ahí valió madre todo. Resulta que ella pensó que mis amigos eran todos mexicanos, y yo asumí que ella sabría que todos eran canadienses. La bronca en sí no fue la nacionalidad, sino los estándares de calidad que venían ligados a éstas. Brace for impact!

La niña terminó llevándonos a comer a un lugar que su novio le apodaba con cariño el “4 Levels of Whores”. Muy tierno todo, no? Yo pensé que era una cosa figurativa, tal vez referente a un escándalo o un chiste nacional o algo, pero no. Era literal. Porque el restaurante estaba en el cuarto piso y todo el camino de subida estaba lleno de lugares de masajes, puteros, table dances, y chicas con antena. Y aún así, lo que más me daba miedo era la actitud de mis compañeros. Oh. My. God.

Todas mis amistades literal vomitándose del asco, no querían ni sentarse en las sillas por miedo a que les pegaran el herpes, como si el pinche virus fuera superpoderoso para saltar y atravesarlo todo, y además aterrorizadas ante la presencia de tanta puta. I mean, muchachitas, los hombres tienen que coger seguido, saben? Y si no saben eso, tal vez es por esa razón que no están casadas. O sea.

Fuera de mamada, todos en esa mesa eran tan pinches blancos que me daban asco. O sea, neta estaban siendo tan racistas y tan ignorantes, que podría haber jurado que eran gringos. Ahí me di cuenta que tal vez a todos estos canadienses, que claramente nunca han salido de su burbuja, sí les hacía falta una inmersión cultural o al menos tomar la pinche clase con la maestra backpackera, ya de jodido. Me queda clarísimo que deben de sentirse todos ellos súper multiculturales por tenerme como amigo, pero siendo honestos, yo soy más mamón.

Equis, yo comí bien sabroso. Siendo francos, tengo amistades peores que todas las sexoservidoras en esa plaza, así que por cosas más trágicas ya he pasado. De ahí nos fuimos a poner un pedo rudísimo y así. La verdad lo que más valió la pena de esa salida fue darme cuenta que tengo una gran amiga en aquella región del mundo. Una amiga que ni siquiera pensé que tenía.

Otra cosa que me llegó al fondo de mi corazoncito prepotente fue cuando me dijo que había crecido demasiado, que dejara de hacerlo. No sé, me pareció al principio divertido su comentario, pero tal vez tenga algo de razón: La vida me ha cambiado durante esos seis años que han pasado, y ni siquiera estaba al tanto de ello.

Acaso así son las cosas? Despiertas un día y, madres, 90 años? Y sin embargo te sigues sintiendo igual de baboso que cuando tenías 18? Está terrible esta situación!

Por eso y muchas cosas más me tiré durísimo al pedo en casa de la embajadora de Canadá para Singapur. Sí se puso bien sabroso. De ahí nos fuimos al Ku De Ta (que al parecer ahora se llama Ce La Vi) en el famosísimo Marina Bay Sands y valimos madre. Como siempre.

Lo que sí se puso rudísimo fue que además de todas las pendejadas que teníamos que hacer – porque claramente volar por 28 horas y media para irse a encerrar al salón de congresos de un hotel ya es en sí una pendejada enorme – también teníamos que hacer una presentación sobre cualquier babosada. Como si no fuese suficiente, además era en equipo, y claramente mi equipo estaba lejos de ser lo que creía que era. Particularmente uno de ellos me rompió las bolas a patadas.

Hagan de cuenta que el pendejete no hizo nada en todo el semestre y todavía se ponía a criticar lo que los demás hacían. Al principio fue tal el shock que me tomó por sorpresa, pero una vez que noté el patrón – him being a little shit – supe que esto sería más difícil de lo que esperaba. Lo bueno es que tenía otros compañeros igual de huevones pero más llenos de confianza, así que uno de ellos le dijo muy tiernamente que su opinión era valiosísima, pero que mejor nos entregara su parte antes de revisar la de los demás. Eso, para estándares de cortesía canadiense, fue un Fatality!

El día de la presentación decidimos reunirnos a las 06h en mi cuarto para repasarla y asegurarnos de que no fuésemos a cagarla. Fue esa mañana cuando experimenté lo que cualquier niño con padres a punto de divorciarse debe sentir. Pasó una hora y Radhika no se aparecía, entonces Bengisu le habló emputadísima y resulta que se habia quedado dormida. Pasó media hora más y seguía sin aparecerse. Claramente la señorita se metió a bañar y a hacer sus desmadres valiéndole madre todo. Al final, aunque todos estábamos listos para practicar a las 06h, terminamos practicando a las 08h por esta babosa. Entonces, apenas terminamos la práctica, se empiezan a gritar durísimo y yo en mi cama, tapado de pies a cabeza. Bueno, yo estaba aterrado.

Al fin, todo este dolor llegó a su fin, no sin antes tirarnos todos al pedo durísimo, profesores incluidos, cómo se nota que no aprendo. El profesor al que le di su cachetada guajolotera – bien merecida, me queda claro – se volvió mi compañero de peda esa noche. Según él, muy propio y muy correcto, y apenas le entra tantito al chínguere le sale a relucir la casta. Estuvo tan ruda la peda que fuimos a seguirla en la habitación de uno de nuestros compañeros. El profesor por supuesto que estaba ahí también bebiéndose hasta la loción. Encima de todo esto, fuimos después a un antro y el güey no se iba! O sea, el señor tiene como 90 siglos y ya muchos tienen canas en el orificio como para necesitar chaperones. Cabe aclarar que yo no tengo canas en ninguna parte porque estoy súper joven y además me depilo. Oh.

Después de tanta devastación física y mental, por fin tendría una semana de tranquilidad en las bellísimas playas de Bali. Y es que fuera de mamada, después de convivir con tanto pendejo, escuchar sus preguntas quesque súper importantes y reveladoras, y oír a un montón de empresarios y emprendedores hablar de cómo cada uno de ellos era la octava maravilla del mundo moderno, yo ya nada más no podía. Así que claramente huía a Indonesia con toda la intención de ahogarme asolearme en la playa. Pero para llegar ahí, la vida me tenía más desafíos preparados.

Uno de ellos era claramente la enorme posibilidad de morir en medio vuelo porque pinche sureste asiático es como el Triángulo de las Bermudas del nuevo milenio. Por supuesto que yo iba cagado porque justo ese día había una tormenta eléctrica y yo veía negro cada que caía un rayo.

Pero evidentemente ése no era el problema principal porque como sea yo nado. Oh, no. No, no. El Karma me estaba follando. De que me sentó al lado de un muchachito muy bonito, muy sabroso, muy guapo, pero con unas feromonas tremendas. En otras palabras: el cabrón hedía mamón.

Pero bueno, nada es peor que cuando estaba haciendo yoga y al judío enfrente de mí se le salió el miembro. Ésa es otra historia que también estuvo bien horrorosa. Ni pedo.

Finalmente llegué a la tormenta y estuve listo para vivir en el paraíso por una semana o lo que tardaran en matarme. Eso lo digo porque, bueno, además de que estoy re-pendejo, también soy joto, y eso es pecado en serio en Indonesia. Por supuesto que no me enteré de eso hasta que aterricé. Mi amiga Radhika decidió hacerme el paro y fingir que era mi vieja por el resto de las vacaciones. Malas ideas he tenido, pero ésta tiene mención honorífica.

De que nos peleábamos en taxis, calles, templos, restaurantes y otros changarros todo el tiempo. Primero iniciábamos con algo pequeño y terminábamos hablando de cómo ella y yo nos habíamos acostado con el mismo tipo. Fue un drama digno de Televisa, actuaciones incluidas.

Lo único bueno que salió de eso es que estaba chachareando en un puesto y el señor me quería ver la cara de baboso. Tipo de que me quería cobrar $90 dólares por unas cosas y yo así de, “Déjame le pregunto a mi vieja”. Por supuesto que Radhika llegó, y de pronto empezó a decirme que no teníamos más dinero, y que por eso sus padres le habían dicho que no se casara conmigo, que teníamos que pensar en nuestros hijos y la madre. Al final el señor se apiadó de mí y me lo dejó todo en $10. Yo salí de ahí con mis souvenirs y con una firme convicción de que nunca andaría con una vieja.

Otro día fuimos a Shark’s Fin, un club privado con una playa escondida entre los peñascos. Sólo podían entrar 25 personas al día y nosotros éramos los primeros. Literal fue el paraíso. Nunca me había sentido tan Brooke Shields como ese día. La selva a nuestro alrededor y los peñascos le daban un aire súper místico, el arena blanca, el mar una mezcla de aguamarina y zafiro, y los cocteles buenísimos. Pero lo más, lo que hizo de ese día memorable, fue verle las teclas a Radhika. Eso sí se me hizo una experiencia bien étnica y surreal. Onda así como portada del National Geographic.

Resulta que la niña traía un bikini más corto que el pito de cualquier asiático. Como si eso no fuese suficiente, el mar estaba súper picado, pero el calor estaba terrorífico. Pues, yolo, right?

Onda nos metimos a nadar y una pinche ola la golpeó durísimo. Tampoco era una ola gigante pero la señorita está chaparra, entonces lo que para mí es una ola normal, para ella era todo un tsunami.

Por supuesto que lo primero que voló fue el top. En vez de pararse, ella se quedó sentada agarrándose las teclas para no impactar a la muchachada. Pero pronto una ola tras otra comenzaron a revolcarla y así. Le aplicaron un combo bien Mortal Kombat, con Fatality y toda la madre incluido.

Yo por supuesto que me cagué de risa y como que medio la empujaba para que se cayera de nuevo. No es que sea un culero, pero cosas así pocas veces pasan en la vida.

Otro día nos fuimos de pedos y, aunque a primera vista Bali es bastante seguro, de noche se pone bien ghetto la isla. De repente había puro chaca en cada esquina y nosotros bien pedos caminando por ahí. Ahí tuve una epifanía de lo jodidas que estaban mis prioridades. Bueno, jodidas no. Digamos que incluso en situaciones fight-or-flight, mi cerebro simplemente sabe apreciar lo que realmente importa.

Radhika me decía que si intentaban violarla, ella me ofrecería en sacrificio. Entonces yo le dije que no, que yo la sacrificaría a ella porque yo tenía un anillo Cartier y muchos blowjobs años de amor y cariño me habían costado obtenerlo. Ajá.

Teníamos dos compañeros más de viaje, pero la verdad los abríamos porque eran parte del grupo demasiado blanco. Granted, era la primera vez que viajaban fuera de Canadá y comprendo la ansiedad que podían estar experimentando. También entiendo que tal vez Bali, de entre todos los lugares, no era el más higiénico. OK, OK, OK. Pero neta? No podían ni echarle hielos al vaso porque juraban que les daría cólera. Irónicamente cuando ya nos íbamos, a una de estas dos personas la picó un mosco y terminó con dengue.

Acaso esto era obra del Karma? Acaso todo mi odio y desprecio hacía sus blancas costumbres se transformó en ese pequeñísimo animal para impartir justicia?

Tal vez nunca lo sabremos.

Lo que sí sé es que regresé a Canadá justo a tiempo para iniciar mi internship en Pratt & Whitney. Créanme cuando les digo que todo lo malo que he hecho en mi vida pasada, en la presente, y en mis futuras reencarnaciones estaría por pagarlo.

Pinche vida más ojete.

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